Nuestro diseño más auténtico

Ilustración hecha por Isa Ibaibarriaga

 

Cuando desde ¡Arrea! Magazine se me propuso escribir este artículo -enmarcado en el Orgullo LGTBI de este año- me acordé instintivamente de todos esos seres invisibles que, en la historia reciente de España, sufrieron durísimas persecuciones, severos castigos y dolorosas humillaciones por el “delito” de ser diferentes a los demás. Personas olvidadas que, por responder a la llamada de sus emociones y deseos, subvirtieron el orden social, vulneraron la ley y transgredieron la moral dominante. Me acordé, concretamente, de los hombres y mujeres que, por su identidad de género u orientación sexual, padecieron la exclusión, el hostigamiento y la cárcel durante la dictadura franquista.

Este año se cumplen treinta y nueve años de la despenalización de la homosexualidad en España. Es un dato, entre otros muchos, que debería permanecer grabado a sangre y fuego en la memoria colectiva de nuestro país. Por ello, en estas fiestas del Orgullo LGTBI, mientras las calles de tantas ciudades se llenan de alegre colorido en medio de una exaltación festiva, me gustaría que las voces de esos invisibles, engullidos por la desmemoria y la ingratitud, tuvieran algo de eco entre risa y risa, entre ligoteo y ligoteo, entre baile y baile. No debemos olvidar que si en esta España de 2017 podemos celebrar en libertad el Orgullo LGTBI, y si la bandera del arcoíris ondea en los balcones de muchas de nuestras instituciones públicas, es porque muchos hombres y mujeres -homosexuales, transexuales y bisexuales- vieron pisoteados sus derechos y libertades en una España en blanco y negro donde no existían las aplicaciones móviles, ni los chats, ni tantos lugares de encuentro como ahora, y en la que los colores del arcoíris no lucían, ni vestían, ni por supuesto eran una marca o logotipo comercial.

Hoy, después de estos treinta y nueve años de lucha y sacrificio, la realidad es otra muy distinta. En España, los avances sociales relativos a la diversidad sexual han sido espectaculares, aunque no deberíamos olvidar que hay muchas Españas, y que todavía queda mucho camino por recorrer contra la homofobia, la violencia y los prejuicios. En ese sentido, ¡Arrea! Magazine se pregunta: ¿qué puede aportar el diseño a esta sociedad?

El diseño construye imaginarios colectivos y, para bien y para mal, “lo gay” también se ha convertido en una interesante marca comercial para la sociedad de mercado, lo cual plantea no pocos inconvenientes. Nos preguntamos: ¿qué imágenes y qué ideas pasan por la cabeza de muchas personas cuando piensan en un gay o en una lesbiana? En muchas ocasiones las que nos transmiten los mundos de la creación y de la comunicación, demasiado influenciados por unos determinados prototipos. Por ejemplo: el gay buenorro, musculoso, de torso desnudo, se ha convertido en un ideal estético y sexual que acapara un espacio excesivo.

Pero basta con darse un paseíto por el ambiente gay -discotecas, cafeterías, librerías, saunas, cuartos oscuros, zonas de cruising– para darse cuenta de que la realidad LGTBI es plural, brutalmente heterogénea, como la vida misma. Y es ahí donde el diseño debe jugar un papel en favor del pluralismo, contribuyendo a erradicar clichés a través de un uso más alternativo de la imagen que consiga alumbrar perfiles que se ven infrarrepresentados.

Y es que, aunque sea una gran obviedad, conviene recordarlo: hay gays peluqueros, floristas o diseñadores, pero también hay gays futbolistas y gays toreros, aunque todavía hoy permanezcan en la sombra. Hay gays ricos con profesiones liberales y alto poder adquisitivo, que lucen y venden en determinados ámbitos, pero también hay gays obreros y gays pobres, aunque sus voces no sean escuchadas. Hay gays muy promiscuos que se follan muy a gusto a casi cualquier tío que se mueve, viviendo una sexualidad muy hedonista -juzgada injustamente por el pensamiento más puritano- y también hay gays monógamos que viven una vida conyugal o una casta soltería. Hay mamarrachas (en el sentido más lúdico y festivo del término) con muchísima pluma que, a menudo, son despreciadas frente a los homosexuales a los que no se les nota su condición, y que, a base de discreción, son respetados por el orden social porque encajan en los clásicos patrones masculinos. Hay lesbianas con el pelo muy corto y que visten camisas de cuadros, terriblemente tildadas de “marimachos”, y también hay lesbianas que se ajustan a cánones tradicionalmente femeninos. Hay musculocas y hay maricas delgaditas o gordas. Hay lesbianas muy feministas y hay lesbianas antifeministas. Hay gays muy sensibles y empáticos con las mujeres y hay gays terriblemente misóginos. Hay gays casados con mujeres, prisioneros de una doble vida, y también los hay viudos y divorciados. Hay lesbianas y gays tanto de derechas como de izquierdas, ateos y creyentes, modernos y antiguos. En definitiva, hay muchas personas, con sus grandezas y sus miserias, cuya homosexualidad es una experiencia intransferible.  

El diseño, visto como una preconfiguración, como un plan para ser producido en serie no se ajustaría al concepto de identidad, la identidad la forma la persona, su ganas de ser libre y no ser un prototipo, un objeto de serie, no somos productos, somos personas.

Al fin y al cabo, nuestra vida es única. Es un diseño inacabado, un boceto que empezaron otros y que continuamos nosotros. Un proyecto que está por hacer, por mejorar, por aprender de una vida que cada día nos exige nuevos colores, variadas formas y diferentes trazos. Y el resultado final ha de ser el más fiel a nosotros mismos. Una tarea nada fácil: en esta sociedad, nuestra libertad se ve condicionada por variables socioeconómicas, culturales y religiosas que limitan el control de nuestra vida. A menudo son otras personas las que nos imponen su criterio y dibujan, pintan y manchan nuestro boceto, alterando algo que no les pertenece y sobre lo que sólo nosotros tenemos derecho. Un proyecto, el nuestro, que debe reconciliarnos con la imagen que cada día nos devuelve el espejo, permitiéndonos disfrutar con cierta armonía de esta vida tan complicada que, en definitiva, ha de ser nuestro diseño más auténtico.

Como decía la Agrado en Todo sobre mi madre: “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.

Que así sea.


Diego Monge es escritor y amante del teatro y el cine. Todos sus posts en su blog

Artículos relacionados

1 Comment

  • Rosario Muriel Codes
    1 Julio, 2017 at 7:31 am  - Reply

    Sinceramente tanto la fé como la sexualidad del individuo debería ser intima y personal, no me siento cualificada para juzgar algo tan importante del ser humano, mucho menos la sociedad, el estado o en el ámbito religioso. Cualquier imposición no me parece acertada ¡Amigo mio! vive tu sexualidad plena y en total libertad.

Deja un comentario