La paz: hoy, aquí y ahora


Ilustración de Julsen Moos

Corren malos tiempos para la paz.

Cualquiera que se pare a ver todos los días el telediario y se deje empapar por la actualidad política internacional, creo que, por muy optimista que sea, verá la realidad que le rodea con un sentimiento desmoralizado, y podría asumir perfectamente aquel verso tan pesimista de Bertolt Brecht: “malos tiempos para la lírica”.

Porque es verdad: corren malos tiempos, para la lírica y para la paz. Pero ¿alguna vez fueron buenos?
Tras el devenir de tantos siglos de historia, nuestro mundo, que, a nivel científico y tecnológico ha progresado de una manera extraordinaria, continúa siendo hoy -como nos recordaba siempre el gran humanista José Luis Sampedro- un mundo inhabitable en muchos puntos del planeta. Un mundo en el que el progreso material, allí donde ha llegado, no ha generado todavía que los seres humanos aprendamos a convivir, a respetarnos los unos a los otros de manera netamente civilizada.

Sin embargo, pese a la tozuda y triste realidad que se desarrolla ante nosotros, en este Día Internacional de la Paz, como durante todo el año, considero que es más necesario que nunca apostar de verdad por el optimismo, si entendemos el optimismo como vitalismo, como creencia sincera en el cambio, no como algo ilusorio o quimérico. Pero, lamentablemente, en esta sociedad, el pesimismo se identifica con realismo. “Hay que ser realista” es lo que se suele decir siempre cuando alguien verbaliza un sueño o apela a una utopía. Y eso, inevitablemente, pone un freno a la ilusión, a la capacidad de creer que las cosas pueden ser de otra manera.

En ese momento, resulta imprescindible recordar lo que decía Eduardo Galeano sobre la utopía, que, lejos de lo que suele creerse, no es algo inútil, sino la brújula que nos puede ayudar a caminar. La utopía es ese horizonte lejano que nunca alcanzaremos, pero que puede guiar nuestro recorrido vital contra el escepticismo. Y es que el pesimismo bloquea y amodorra, y siempre acaba por conducirnos inexorablemente a la derrota, al miedo y a la desconfianza, envolviéndonos en un espíritu conservador que nos impide creer en la posibilidad de trabajar por una sociedad mejor. El pesimismo no nos permite creer en nosotros mismos, como especie humana, como comunidad, y en un total aprovechamiento de nuestro gran potencial transformador.

Y si eso sucede es, entre otras cosas, porque no entendemos que la paz no sólo es un concepto vago y genérico invocado por Naciones Unidas, o una bonita palabra para que la pinten los escolares en un mural durante unos días en el colegio. La paz es algo que nos obliga a todos: es un proyecto cotidiano, que deberíamos aplicar hoy, aquí y ahora en nuestras relaciones humanas, con nuestra familia, con nuestros amigos y conocidos, con nuestras parejas, en la resolución de nuestros conflictos personales, fortaleciendo siempre la empatía, la comprensión y la implicación emocional con los demás, y despreciando la inquina, la mentira y los prejuicios. La paz es un cometido individual sin el que cual no se puede construir la colectividad humana de forma saludable. Al fin y al cabo, la sociedad es el gran producto de la suma de voluntades individuales, y hasta que no nos concienciemos de que todo lo que acontece nos concierne, la palabra “paz” será muy hermosa -a veces cursi- pero continuará en los anales de ese conjunto de bonitas ideas que todo el mundo asegura apoyar pero que nunca cristalizan ni se materializan en nada.

En ese sentido, y desgraciadamente, mucho de lo que nos rodea cada día no favorece esa misión. Los medios de comunicación, y casi todo lo que nos transmite el mundo de la política, nos empuja al conflicto. Estamos totalmente inmersos en una guerra simbólica, en una confrontación constante, donde las trincheras se levantan cada día en los platós televisivos, en los debates parlamentarios, que tantas veces sustituyen la racionalidad de un diálogo sosegado por los gritos y los exabruptos.

Da igual que se hable del conflicto entre Cataluña y el resto de España, donde la guerra de banderas está servida, o de la amenaza terrorista del yihadismo, que alimenta el viejo monstruo de la xenofobia. Da igual que se analice la guerra de Siria y el éxodo de refugiados, donde el egoísmo insolidario cierra nuestras fronteras, o de la dura confrontación entre EEUU y Corea del Norte, donde personajes tan peligrosos como caricaturescos juegan con fuego entre bravuconadas y provocaciones.

Todo se presenta ante nuestros ojos en términos muy alejados de la paz y la concordia. El frentismo y las estructuras de enfrentamiento se endurecen cada vez más a través de muy diferentes canales de difusión. Nada mejor para el poder, que siempre ha patrocinado guerras en el pasado -y sigue haciéndolo en el presente, en muchos países, aunque la mirada indolente de occidente las ignore a menudo- por sus intereses económicos. Para ello, el poder nunca ha dudado en fomentar y utilizar el odio entre ciudadanos, encontrando un buen caldo de cultivo en un siniestro abanico de múltiples sentimientos políticos, nacionalistas, religiosos y de cualquier otra índole.

Por ello, es fundamental que todos nos creamos agentes partícipes del cambio, de esa necesaria paz de la que carecemos en el mundo. Y, para ello, en definitiva, es indispensable la asunción de algo que resulta tan inquietante como revelador: el odio, esa emoción tan terrible, forma parte de la condición humana. Lejos de lo que alguna gente cree, el odio no se circunscribe a individuos desclasados, marginales, que habitan fuera del sistema y que se comportan de forma violenta. Los seres humanos, todos y cada uno de nosotros, estamos preparados para el bien y para el mal. El odio, podríamos decir, es una peligrosa larva que habita en nuestro interior, y sólo de nosotros depende decidir si la queremos alimentar o la dejamos dormida a base de cultura, de humanismo y de raciocinio.

Ya sabemos que nos moriremos sin conocer un mundo ideal, pero hasta que no aceptemos que con nuestra vida y nuestras decisiones podemos ayudar a cambiar muchas cosas, el mundo seguirá enquistándose en una insensible indiferencia hacia los demás y en una rocosa sensación de resignación. Y no nos lo podemos permitir.

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